Cuando alguien dice que quiere conocerte, pero no te deja entrar


 Cuando alguien dice que quiere conocerte, pero no te deja entrar

Hay algo que cada vez observo más en las relaciones modernas.

Personas que afirman querer una pareja, querer una relación estable, querer construir algo con alguien. Personas que incluso animan a la comunicación sincera y a las preguntas directas.

Sin embargo, cuando llega el momento de responder esas preguntas, se cierran.

No mienten necesariamente.

No desaparecen necesariamente.

No son personas malas.

Simplemente mantienen una distancia constante.

Hablan, pero no se muestran.

Escuchan, pero no se explican.

Preguntan poco y responden menos.

Y poco a poco la otra persona termina intentando construir una relación con una sombra en lugar de con una persona real.

La confianza no nace solamente de las buenas palabras.

Tampoco nace únicamente de la atracción.

La confianza nace cuando permitimos que alguien vea una parte de nuestra realidad.

Cómo vivimos.

Qué pensamos.

Qué sentimos.

Qué nos preocupa.

Qué nos ilusiona.

Qué heridas llevamos encima.

No hace falta contarlo todo.

No hace falta abrir el alma en una semana.

Pero sí hace falta abrir alguna puerta.

Porque si todas las puertas permanecen cerradas, la otra persona nunca sabrá realmente quién eres.

Y cuando faltan respuestas, la mente intenta rellenar los espacios vacíos.

Aparecen las dudas.

Las interpretaciones.

Las preguntas.

Y finalmente el cansancio.

Muchas personas creen que protegerse es evitar sufrir.

Sin embargo, a veces la protección excesiva termina provocando exactamente aquello que intentaba evitar.

Porque quien intenta acercarse acaba marchándose no por falta de interés, sino por falta de acceso.

No porque no quiera entrar.

Sino porque nunca le permitieron hacerlo.

Quizá la verdadera pregunta no sea:

"¿Por qué la otra persona pregunta tanto?"

Quizá la pregunta sea:

"¿Estoy dejando que me conozca realmente?"

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