Elegir antes de amar
Reflexiones sobre la elección, el noviazgo y el
matrimonio eterno
Elder Jorge
Miñambres.
Introducción personal
Este texto
expresa una reflexión personal dentro del marco del Evangelio restaurado. No
sustituye la guía del Espíritu ni las enseñanzas oficiales de la Iglesia, sino
que busca aportar una mirada honesta y responsable.
Este texto no nace como un discurso oficial ni como
una doctrina cerrada.
Es una reflexión personal, escrita desde la experiencia, la observación y un camino espiritual recorrido durante años.
No escribo para imponer criterios ni para decirle a nadie qué debe hacer con su vida. Cada persona es libre de elegir, pensar y actuar según su conciencia. El propósito de este texto es invitar a reflexionar, no a obedecer sin pensar.
Este documento está pensado para poder ser leído,
enviado, explicado por voz y también para abrir diálogo. Si en algún momento
sirve como base para charlas, preguntas o conversaciones más profundas, habrá
cumplido su función.
Por qué hablar de esto ahora
Escribo este artículo en enero de 2026.
El inicio de un año suele ser un tiempo de balance, de
cerrar ciclos y de plantearse metas nuevas. En estas fechas muchas personas
reflexionan sobre su vida emocional, su fe, sus relaciones y su futuro.
Y casi siempre aparece una pregunta central: ¿con
quién quiero compartir mi vida?
Este texto nace de esa pregunta, especialmente desde
la experiencia de lo que ocurre cuando no se elige bien, y de las
consecuencias reales —emocionales, familiares y espirituales— que esas
decisiones pueden traer.
El propósito del matrimonio eterno
Dentro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de
los Últimos Días, el matrimonio no es solo una relación afectiva.
Es un convenio eterno, cuyo objetivo es formar
familias eternas.
Las
Escrituras enseñan que:
“Y si un hombre se casa con una esposa por mi palabra…
y guardan su convenio… les será de plena fuerza.”
(Doctrina y Convenios 132:19)
Una familia eterna no se construye solo con amor
emocional ni con sacrificio unilateral. Requiere unidad, comunicación,
herramientas para resolver conflictos y una elección consciente desde el
inicio.
Muchos problemas que aparecen después del matrimonio no
nacen después, sino que ya estaban presentes antes, en la forma de elegir.
Es necesario aclarar este punto con profundidad y equilibrio.
Hablar de elegir bien no significa afirmar que, si
una persona atraviesa dificultades en su matrimonio, automáticamente haya
tomado una mala decisión ni que deba romper su relación.
Las dificultades, los conflictos y las crisis son parte natural de la vida conyugal y no
constituyen, por sí mismas, una prueba de que la elección fue incorrecta.
El error aparece
cuando se confunde conflicto con
incompatibilidad profunda, o
cuando se asume que cualquier problema significa fracaso.
En muchos casos, los matrimonios pueden repararse,
fortalecerse y madurar cuando ambos
cónyuges están dispuestos a dialogar, a cambiar, a ceder y a trabajar
con sinceridad.
La Iglesia enseña
claramente que, cuando existe voluntad mutua, un matrimonio puede sanarse
mediante:
·
el arrepentimiento personal
·
el perdón sincero
·
el esfuerzo compartido
·
y la ayuda espiritual
Sin embargo,
también es importante reconocer otra realidad: pensar que tal vez se tomó una mala decisión no significa
necesariamente que se haya tomado, y solo puede discernirse con
honestidad cuando se intenta resolver el
problema y no existe intención real de hacerlo por una de las partes.
Aquí es donde entra
el significado profundo del amor verdadero.
Cuando el enamoramiento termina, comienza el discernimiento
El enamoramiento
inicial —marcado por la química, las emociones intensas y los procesos
hormonales— no es una base suficiente para evaluar la solidez de un matrimonio.
Esa etapa es real, necesaria y hermosa, pero temporal.
Es después, cuando
esa intensidad baja, cuando aparece la realidad del carácter, de la
personalidad, de las formas de pensar y de enfrentar la vida, que se revela si
existe un amor capaz de:
·
dialogar
·
aclarar
·
comprender
·
y crecer
Intentar resolver
un matrimonio no significa entrar en una
lucha eterna. Luchar por una relación no es convertirse en mártir ni
asumir que el sufrimiento constante es una virtud espiritual. Existen casos
—ciertamente— en los que, tras años de trabajo sincero por ambas partes, un
matrimonio logra sanar. Pero esos casos son puntuales, no una norma universal.
La clave está en la
voluntad mutua.
Sin esa voluntad, no hay proceso real de
sanación.
La realidad del divorcio dentro de la
Iglesia
La Iglesia de
Jesucristo de los Santos de los Últimos Días reconoce que el divorcio existe
dentro de la iglesia. No como ideal, sino como realidad humana.
El presidente Gordon B. Hinckley expresó este principio
con claridad pastoral:
“Lamentablemente, hay divorcios entre nosotros.
Eso no significa que el Evangelio haya fallado, sino que vivimos en un mundo
imperfecto con personas imperfectas.”
De igual modo, el
élder Dallin H. Oaks ha enseñado
que, aunque el matrimonio eterno es el ideal, no todas las relaciones pueden mantenerse a cualquier precio,
especialmente cuando no hay arrepentimiento ni disposición real para cambiar:
“El divorcio no es una solución fácil, pero en
algunos casos puede ser necesario.”
Estas enseñanzas no
promueven la ruptura, pero sí reconocen un principio fundamental del Evangelio
restaurado: la agencia y la
responsabilidad personal.
El Libro de Mormón
lo expresa de forma clara:
“Los hombres son libres… para escoger.” (2 Nefi 2:27)
Nadie puede amar por otro.
Nadie puede cambiar por otro.
Y nadie puede sostener un convenio de manera unilateral.
Martirio o eternidad: una elección
consciente
La vida mortal no es eterna, aunque nuestra existencia
sí lo sea. Estamos aquí en una etapa de preparación, no de resignación
permanente. El Evangelio no nos llama a vivir como mártires emocionales, sino a
prepararnos para una vida eterna plena.
Si una persona
busca sinceramente un matrimonio eterno y, tras intentarlo con honestidad,
descubre que no existe voluntad mutua para resolver los problemas —no por
violencia ni abuso, sino por incompatibilidades
profundas de personalidad, carácter o visión de vida—, es legítimo
reflexionar con humildad y realismo.
El Evangelio no
enseña que debamos dejar toda nuestra vida en manos de una futura reparación
divina sin actuar en el presente. Dios abre caminos, sí, pero espera que caminemos.
Trabajar por la
felicidad, por la paz y por un matrimonio eterno empieza ahora, no solo en el milenio ni en un futuro abstracto.
Y cuando no es posible avanzar juntos, la Iglesia ofrece un marco de
comprensión y acompañamiento, no de condena.
Protección para los jóvenes
Por todo esto, este
mensaje no pretende juzgar a quienes ya están viviendo situaciones difíciles.
Su enfoque principal es preventivo, especialmente para los jóvenes.
Elegir bien no
garantiza ausencia de problemas, pero reduce
enormemente el sufrimiento evitable.
Prepararse mejor no elimina las pruebas, pero fortalece la capacidad de enfrentarlas juntos.
Este es el sentido profundo de hablar de
elección, discernimiento y amor real.
Prepararse bien: el mensaje real
para los jóvenes
Cuando los líderes enseñan que es bueno casarse
jóvenes, no están llamando a la prisa,
sino al enfoque.
No es una invitación a apresurarse al matrimonio,
sino a orientar los esfuerzos, el tiempo y la energía hacia una preparación
consciente para una pareja eterna.
No existe ninguna
declaración oficial que indique que una persona deba casarse dentro de un
tiempo determinado después de regresar de la misión. Lo que se enseña es que,
tras la misión, el enfoque personal debe cambiar: dejar de centrarse únicamente
en uno mismo y comenzar a prepararse para
una relación eterna.
Prepararse no
significa dejar de disfrutar de la vida ni eliminar toda diversión dentro de
las normas del Evangelio. El noviazgo no es una etapa de represión, sino una
etapa de conocimiento con propósito.
El noviazgo como compromiso de conocerse
Dentro del
Evangelio, el noviazgo no es un simple entretenimiento ni un tiempo indefinido
de distracción emocional. Es un compromiso
de conocerse, con la mirada puesta en un posible matrimonio eterno.
Eso implica que el
conocimiento mutuo no se limite a gustos superficiales o actividades
recreativas —que también tienen su lugar—, sino que incluya conversaciones adultas, profundas y necesarias.
Prepararse
significa:
·
conocer bien a la otra persona
·
observar cómo enfrenta los conflictos
·
hablar del futuro, no solo del presente
No solo qué nos
gusta hacer juntos, sino preguntas reales:
·
¿cómo resolveremos nuestros desacuerdos?
·
¿cómo tomaremos decisiones importantes?
·
¿cómo educaremos a nuestros hijos?
·
¿cómo enfrentaremos los problemas familiares y
conyugales?
La eternidad no se
improvisa.
Elegir bien no es dejar de divertirse, es dar sentido al proceso
Elegir bien a quien
amamos no significa vivir el
noviazgo como una carga ni eliminar la espontaneidad. Significa entender que,
llegado a cierta etapa de la vida, el noviazgo deja de ser un juego y se
convierte en un proceso de discernimiento.
El mundo enseña a
“probar”, a cambiar constantemente, a conocer sin compromiso.
El Evangelio propone otra vía: conocer con intención, con sinceridad y
con responsabilidad.
Esto no es rigidez.
Es respeto por los convenios futuros.
Por eso, el
presidente Spencer W. Kimball
enseñó:
“Elijan bien a quien amen, y amen a quien
elijan.”
Esta enseñanza
coloca el amor en su lugar correcto: no como excusa para evitar pensar, sino
como la fuerza que sostiene una elección
hecha con conciencia.
El discernimiento espiritual dentro del noviazgo
El Libro de Mormón refuerza este principio al
enseñar que:
“Los hombres
son libres para escoger.”
(2 Nefi 2:27)
Ese albedrío
implica responsabilidad. Elegir pareja es un acto espiritual, no solo emocional.
Por eso, dentro del
proceso de noviazgo, es sano y recomendable buscar orientación. Hablar con un
obispo, con líderes o con personas maduras en la fe no es señal de debilidad,
sino de sabiduría.
La Iglesia ofrece guías claras para resolver conflictos,
practicar el perdón, comunicarse con respeto y actuar con honestidad dentro del
matrimonio. Esas mismas guías pueden y deben utilizarse antes, durante el noviazgo, como
herramienta de discernimiento.
Simular la vida real antes de vivirla
Conocerse de verdad
implica observar cómo la pareja actúa ante pequeñas diferencias.
No esperar
a los grandes conflictos para descubrir incompatibilidades profundas.
A veces es útil
generar situaciones sencillas —decisiones cotidianas, desacuerdos menores— y
ver cómo se resuelven:
·
¿hay diálogo?
·
¿hay respeto?
·
¿hay voluntad de ceder?
No para provocar
conflictos, sino para discernir cómo se
afrontarán cuando lleguen los reales.
La sinceridad como base del matrimonio
eterno
El matrimonio
eterno se basa en la confianza, y la confianza se construye antes, no después.
Ocultar aspectos importantes de uno mismo —aunque
no sean pecados ni violaciones graves— genera una base frágil.
No se trata de
juzgar hobbies o gustos personales, sino de entender que ocultar para evitar conflicto es el inicio de la
mentira, y la mentira erosiona la unidad.
Decisiones que
afectan a la convivencia deben hablarse antes, no descubrirse después. Elegir
bien implica no ocultar quién soy,
ni pedir al otro que deje de ser quien es sin haberlo hablado con honestidad.
Conclusión final – El amor en su
verdadero contexto
Para cerrar esta reflexión, es importante volver
a una de las escrituras más citadas —y a veces más sacadas de contexto— cuando
se habla del amor dentro del matrimonio.
El apóstol Pablo escribió:
“El amor es
sufrido, es benigno;
el amor no tiene envidia,
el amor no es jactancioso, no se envanece;
no hace nada indebido, no busca lo suyo,
no se irrita, no guarda rencor;
no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad.
Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.”
(**1 Corintios 13:4–7, Reina-Valera 1960)
Este pasaje no define el amor como una excusa para soportar
cualquier cosa sin discernimiento, ni como una invitación a permanecer
indefinidamente en una relación dañada o unilateral.
Describe cómo dos personas que han elegido bien se
comportan cuando enfrentan los problemas
normales de la vida en común.
Cada una de estas
expresiones cobra sentido después
de una buena preparación:
Cada una de las
expresiones que el apóstol Pablo utiliza para definir el amor cobra su sentido pleno después de una buena
preparación y dentro de una relación donde existe unidad real. No describen un amor ingenuo
ni pasivo, sino un amor que sabe resolver,
sabe esperar y sabe actuar en conjunto.
·
“El amor es sufrido”
No
significa aguantar abusos ni incompatibilidades profundas, sino tener paciencia en la resolución de los problemas
reales del matrimonio. Hay dificultades que se resuelven con más
rapidez y otras que requieren tiempo, diálogo y madurez. Ser sufrido implica no
rendirse ante la primera crisis, sino trabajar con constancia cuando ambos
desean solucionar lo que duele.
·
“No busca lo suyo”
No
implica anularse ni perder la identidad personal. Implica reciprocidad.
Significa: yo busco tu bienestar, tu tranquilidad y tu
crecimiento; y tú buscas el mío. No es sacrificio unilateral, sino intercambio consciente de cuidado mutuo.
Cuando uno busca el bien del otro y el otro responde de la misma manera, el
amor se equilibra.
·
“No guarda rencor”
Presupone
arrepentimiento sincero y voluntad real
de cambio. No guardar rencor no significa olvidar sin más ni negar el
daño sufrido, sino no vivir anclados al
pasado cuando hay un esfuerzo genuino por mejorar. El amor no reprocha
constantemente lo que ya ha sido trabajado y sanado, ni utiliza errores pasados
como arma cuando la otra persona está cambiando de verdad.
·
“Se goza de la verdad”
Exige
honestidad, sinceridad y transparencia, no
solo dentro del matrimonio, sino desde antes. La verdad es la base de
la confianza, y sin confianza no puede haber unidad. El amor verdadero no se
sostiene sobre ocultaciones ni medias verdades, sino sobre la claridad de quién
soy y quién eres.
·
“Todo lo soporta”
No
habla de soportar una mala elección ni de resignarse a una relación sin unidad.
Habla de sostener una buena elección
cuando llegan las pruebas reales de la vida. Ese “todo lo soporta” se
entiende plenamente cuando existe unidad, cuando ambos caminan en la misma
dirección.
Aquí encaja de
forma natural otra escritura fundamental:
“Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su
madre, y se unirá a su esposa, y serán una sola carne.”
(Génesis 2:24)
Ser una sola carne no es solo una unión física o
simbólica.
Es unidad
de propósito, de decisiones y de camino.
Cuando hay unidad, el amor puede soportar,
resolver y crecer, porque ya no son dos voluntades enfrentadas, sino una alianza que avanza junta.
Ahí es donde ambas
escrituras se encuentran: el amor que todo lo soporta no es martirio, es unidad. Y sin unidad, ese amor pierde su sentido
Este amor no
está diseñado para resolver problemas creados por falta de preparación,
por ocultaciones previas o por decisiones tomadas sin discernimiento.
Está diseñado para resolver los conflictos inevitables que surgen cuando
dos personas sinceras, comprometidas y conscientes caminan juntas.
Por eso, hablar de
amor sin hablar de elección y preparación es incompleto.
Y hablar de sacrificio sin hablar de reciprocidad
es peligroso.
El Evangelio no nos
llama a vivir relaciones basadas en el martirio emocional, sino a construir
matrimonios eternos fundamentados en la verdad, la responsabilidad y la
voluntad mutua de crecer.
Elegir bien no garantiza ausencia de problemas, pero
da al amor el terreno correcto para actuar.
Y cuando el amor actúa en ese terreno, sí cumple lo que promete.
Ese es el sentido
profundo de esta reflexión.
No justificar errores, sino prevenir sufrimiento evitable y
fortalecer familias eternas reales.
Testimonio personal
Quisiera concluir
este escrito compartiendo un testimonio personal.
Si yo hubiera
conocido la Iglesia a una edad más temprana, si hubiera nacido dentro de ella,
o si mis padres hubieran vivido y enseñado con claridad los principios del
Evangelio, estoy convencido de que muchos
de los errores que he cometido en mi vida podrían haberse evitado,
especialmente en lo referente a la elección de pareja.
No escribo desde la
teoría, sino desde la experiencia.
Hablo de esto porque sé lo que no funciona.
Sé, por haberlo vivido, qué decisiones no
conducen a la felicidad dentro del matrimonio y qué caminos no llevan a la
formación de una familia eterna.
Por descarte —como
ocurre también en la ciencia— uno aprende.
Después de muchos errores, empieza a distinguir con claridad dónde no está la
verdad. Y es precisamente esa experiencia la que me impulsa a hablar hoy con
honestidad, especialmente pensando en los jóvenes.
Yo aún me encuentro
en la búsqueda de ese matrimonio eterno.
No escribo desde una meta alcanzada, sino desde un deseo sincero de hacerlo
bien, con mayor conciencia, mayor preparación y mayor dependencia del Espíritu.
Mi esperanza es que
este mensaje pueda servir para prevenir sufrimiento innecesario, para
fortalecer matrimonios existentes y para ayudar a los futuros matrimonios a
edificarse sobre una base más firme.
Ruego que Dios
bendiga especialmente a los jóvenes, para que el Espíritu los guíe en sus
decisiones, y también a los matrimonios actuales, para que puedan subsanar,
sanar y fortalecerse cuando exista voluntad mutua de hacerlo.
Vivimos tiempos en
los que el adversario busca constantemente destruir a las familias. Frente a
eso, creo profundamente que el Evangelio
ofrece las herramientas necesarias para sostenerlas, si aprendemos a
escuchar la voz del Espíritu y las enseñanzas de los profetas y líderes que nos
guían.
Deseo de corazón
que las familias puedan edificarse y permanecer fuertes, no solo en esta vida,
sino de generación en generación, como sabemos que es posible mediante los
convenios eternos.
Dejo este
testimonio con humildad y gratitud, en el nombre de Jesucristo.
Amén.

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