MI SOLEDAD Y YO




La soledad no siempre llega de golpe; a veces se instala en silencio, como una sombra que poco a poco se adueña de los pensamientos. 

No grita, no golpea, simplemente se queda ahí, susurrando en cada rincón de la mente que no hay nadie con quien compartir lo que uno siente.

Lo más duro no es el ruido del silencio, sino la ausencia de un eco humano al otro lado. 

Llegar a casa y abrir la puerta sabiendo que nadie preguntará cómo fue tu día, ni escuchará tus pequeñas victorias, ni tus derrotas escondidas. 

Nadie al que decirle: “Hoy estuve a punto de rendirme, pero seguí adelante por esto o por aquello”

Esa falta de diálogo íntimo convierte cada logro en un secreto y cada tristeza en una carga más pesada.

La noche lo acentúa todo. Acostarse en una cama fría, rodeado por sábanas que parecen recordarte que ahí falta algo, alguien. 

La ausencia de un calor compartido no es solo física: es la negación de un abrazo, de un “te quiero” susurrado al oído, de la piel que busca piel. 

El cuerpo se acostumbra, quizás, pero el alma nunca. El alma sigue reclamando esa conexión que nos hace sentir vivos.

No se trata solo de amar a alguien, sino de poder dejarse amar. Porque en ese intercambio se encuentra un sentido que ninguna rutina, ningún objeto y ningún éxito material pueden reemplazar. 

La soledad prolongada arranca poco a poco esos matices, hasta que la vida se vuelve una sucesión de días grises donde uno se pregunta cuál es la verdadera razón de no desistir.

Y, sin embargo, aquí estoy. Aún sigo. Quizás porque en medio de esta soledad todavía late una esperanza: la de que en algún momento aparezca una mirada capaz de romper este silencio. 

La de que el amor, en cualquiera de sus formas, me recuerde que no todo está perdido, que todavía hay calor para mi piel y palabras para mis oídos.

Mientras tanto, escribo. Porque poner en palabras esta soledad es, de alguna manera, compartirla. Tal vez alguien, al leerme, reconozca su propio vacío y entienda que no está solo en su soledad. 

Y entonces, aunque sea a través de estas líneas, el silencio habrá sido vencido.

La soledad no siempre llega con estruendo.
A veces se desliza despacio, se instala en silencio, hasta volverse parte del aire que respiro.

Lo más duro no es el silencio en sí, sino no tener a quién contárselo.
Abrir la puerta de casa y saber que nadie va a preguntar:
—¿Cómo te fue hoy?

Esa ausencia pesa.
Los logros se vuelven secretos, las derrotas se guardan como piedras en el bolsillo, y la motivación para seguir parece perder fuerza cuando no hay alguien que escuche tus razones.

La noche lo hace más evidente.
Las sábanas frías, el lado vacío de la cama, la falta de un abrazo o de un “te quiero” susurrado en la penumbra.
El cuerpo puede acostumbrarse, pero el alma no. El alma sigue reclamando calor, cercanía, piel contra piel.

Y no es solo querer amar a alguien.
Es desear dejarse amar, entregarse sin miedo y sentir que la vida recupera color en el intercambio.
Sin ese vínculo, todo se vuelve una sucesión de días grises, una rutina donde uno se pregunta: ¿por qué sigo resistiendo?

Y, sin embargo, sigo.
Resisto.
Porque en algún rincón de mí aún late la esperanza de que una mirada, una voz, un gesto, rompan este silencio.

Mientras tanto, escribo.
Porque al escribir comparto mi soledad.
Y si alguien al otro lado la reconoce, si alguien se ve reflejado en estas palabras, entonces mi vacío ya no está tan solo.








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